EMELY.
Desperté de golpe. El frío de la montaña había desaparecido, reemplazado por el olor a antiséptico y el calor de las sábanas. Me senté en la cama con un movimiento brusco, pero un mareo me obligó a recostarme de nuevo. Miré a mi alrededor: estaba en la mansión, en nuestra habitación, pero rodeada de monitores, bolsas de suero y cables.
—Tranquila, Emely. Ya estás en casa —la voz de Olivar sonó a mi lado, cargada de alivio.
Él estaba sentado al borde de la cama, con los ojos rojos y el ro