EMELY.
Cerré los ojos y el salón de la mansión se desvaneció. El calor de las manos de Olivar en mis hombros se convirtió en un recuerdo lejano, sustituido por una atmósfera gélida, húmeda y cargada de un olor nauseabundo a carne podrida y ceniza.
Mi conciencia se materializó en esa oscuridad.
Lo vi. Vargo estaba encorvado frente a una pequeña fogata que crepitaba en el centro de una cueva profunda, cuyas paredes de roca lloraban salitre.
Estaba en un estado lamentable. Sus heridas, aquellas qu