EMELY.
Mis pulmones quemaban, pero no por el esfuerzo. El aire gélido del Cañón Negro se filtraba en mi pecho como astillas de vidrio mientras devoraba kilómetros de bosque. A mi lado, Garino era una sombra veloz, un borrón de músculos y determinación que apenas hacía ruido al romper la hojarasca. Éramos dos bestias en una carrera contra el reloj, impulsados por las coordenadas que Emely había arrancado de la mente de ese bastardo.
—¡Falta poco! —gruñó Garino, su voz apenas un susurro que el vi