EMELY.
Olivar soltó el teléfono con un movimiento brusco y se quedó mirando el aparato como si fuera una serpiente venenosa. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello sobresalían como cuerdas de acero.
—¿Qué pasó? —le pregunté, acercándome y poniendo una mano en su brazo, que estaba duro como el mármol—. Cuéntame, Olivar. ¿Dax y Kasidy están a salvo?
Él soltó un suspiro pesado, girándose para mirarme con esos ojos plateados que ahora ardían en una tormenta de protección.
—E