EMELY.
La mañana llegó y todavía estaba oscuro. El frío calaba, pero nadie se movía. Olivar terminó de ajustar su equipo en silencio, con la mandíbula apretada. En la sala solo se escuchaba el clic de los comunicadores y las armas.
—Es hora —dijo Olivar mirando a Garino—. Los hombres ya están en sus puestos en los riscos. Que nadie respire hasta que Vargo esté en el centro.
Garino asintió y salió rápido. Dax caminaba de un lado a otro, muy enojado y apretando los puños cada vez que miraba a Kas