El zumbido lejano de una máquina fue lo primero que se coló entre las grietas de su inconsciencia.
Después, un pitido constante, monótono, como un metrónomo marcando el paso del tiempo.
Y luego… el dolor.
Un ardor tenue en las sienes. Un vacío opresor en el pecho.
Los párpados de Alisson temblaron, pesados, mientras el mundo recuperaba forma a su alrededor.
El techo blanco.
El olor a desinfectante.
La palidez de una habitación de hospital.
El ritmo constante del monitor cardiaco.
Estaba acostad