La habitación privada del Mount Sinai tenía un aire cálido, lleno de vida nueva. Las cortinas blancas filtraban la luz del sol de la mañana, que caía sobre las camas dobles acomodadas una junto a la otra. Las paredes, antes desnudas, ahora estaban adornadas con ramos de flores frescas, globos rosas atados a los respaldos y pequeños detalles que hablaban de celebración. En una esquina, dos cunas transparentes esperaban vacías, listas para cuando las niñas descansaran.
Eva dormía en el pecho de A