Los minutos habían pasado lentos, como si el tiempo se hubiera detenido en la habitación de la clínica en Maldivas. Elizabeth seguía sedada, su cuerpo inmóvil bajo las sábanas blancas, el rostro pálido y los arañazos en sus brazos aún rojos bajo el vendaje. Los monitores pitaban con un ritmo constante, pero el aire estaba cargado de un silencio opresivo. Michael estaba destruido, sentado en una silla junto a la cama, con los codos en las rodillas y las manos cubriendo el rostro. Sus ojos, perdi