Mundo ficciónIniciar sesiónSofía es la brillante estratega detrás del éxito de su esposo, Fernando Valeriano, el CEO que la mantiene en las sombras bajo un matrimonio secreto. Tras un accidente que borró sus recuerdos, ella ha aceptado una vida de sumisión y eficiencia... hasta que la traición de su marido y una noche de alcohol la llevan a los brazos de un desconocido en un bar. Convencida de que ha pagado por los servicios de un "gigoló" para vengar su orgullo, Sofía descubre con horror que el hombre con el que compartió la cama no es un prostituto, sino Miguel Ríos: el nuevo gigante tecnológico que amenaza con destruir el imperio de su esposo. Lo que Sofía no sabe es que Miguel no ha vuelto por los negocios, sino por ella. Entre deudas impagables, juegos de poder y fragmentos de una memoria que empieza a despertar, Sofía tendrá que decidir si recuperar su pasado vale el precio de destruir su presente.
Leer másCapítulo 1
Sofía ajustó el nudo de la corbata de Fer con la precisión de quien ha repetido ese movimiento muchas veces. —El discurso está en la carpeta azul —dijo ella, en voz baja—. He memorizado los puntos clave por si olvidas las cifras de exportación del último trimestre. No improvises con los inversionistas coreanos; ellos prefieren los datos duros a tu carisma. Fer se miró en el espejo del ascensor privado, ignorando el consejo de Sofía. Se pasó una mano por su cabello perfectamente peinado y sonrió a su propio reflejo. —Mi carisma fue lo que cerró este trato, Sofía. Los datos solo han sido el relleno. Ella no replicó. Sabía que el "carisma" de Fer consistía en firmar los contratos que ella redactaba tras noches en vela estudiando análisis financieros. Ella era el motor de la empresa; y Fer, era apenas la carrocería brillante que se llevaba los méritos. Nadie en la fiesta de aniversario de la empresa sospechaba que la eficiente secretaria que caminaba tres pasos detrás era, en realidad, la esposa del CEO. El matrimonio era un secreto estratégico, según Fer, mantener la fachada de soltero codiciado era crucial para atraer clientes. En realidad, mantenía a Sofía bajo control para seguir disfrutando de los privilegios que le daba ocupar un puesto en esa misma lista. La fiesta se realizó el salón principal del Hotel Vaio, el más prestigioso de la ciudad. Al entrar, el murmullo de la élite empresarial se detuvo un segundo para admirar a Fernando Valeriano. Sofía se quedó atrás. Mientras que él estrechaba manos, ella intercambiaba tarjetas, recordaba nombres de esposas y se aseguraba de que Fer nunca quedara mal delante de sus socios. —Eres una máquina, Sofía —le susurró un consejero de la firma—. No sé qué haría este hombre sin ti. —Es un trabajo en equipo, señor —respondió ella con una sonrisa profesional. Todo iba según el plan hasta que apareció ella. Una rubia con curvas de infarto que atrapó todas las miradas. Incluyendo la del enigmático Fernando Valeriano. Llevaba un vestido rojo ceñido al cuerpo y caminaba con una confianza que no pedía permiso. Sofía la detectó antes. Vio cómo la mujer se acercaba a Fer, cómo ignoraba el círculo de hombres poderosos y ponía una mano posesiva en el antebrazo de su esposo. —Fernando. ¡Cómo has crecido! ¡Eres todo un tiburón financiero! —exclamó la mujer. Su voz era serena, con ese toque de coqueteo que Sofía detectó rápido. Fer quedó petrificado. No fue la sorpresa habitual de un encuentro social; fue una vulnerabilidad que Sofía nunca le había visto. El hombre arrogante y narcisista con el que ella compartía a diario se volvió, por un instante, un niño pequeño. Dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente con una copa de champán que le ofreció a Fer. —Disculpe —dijo Sofía, con su tono de "secretaria de hierro"—. El señor Valeriano tiene una agenda muy apretada esta noche y el embajador lo espera en la mesa principal. Si desea una cita, puede solicitarla en mi oficina mañana a primera hora. La mujer arqueó una ceja, mirando a Sofía por encima del hombro. —¿Y quién eres tú, cariño? —preguntó ella con desdén. —Su asistente ejecutiva —respondió Sofía, mirándola fijamente a los ojos. Luisa soltó una risa burlona y miró a Fer, ignorando a Sofía por completo. —¿Ahora dejas que tus empleadas te ladren las órdenes, Fer? ¿Dónde quedó el hombre que no aceptaba que nadie le dijera qué hacer? Sofía sintió una punzada en el pecho. Miró a Fernando esperando que él pusiera fin a la impertinencia de la mujer, que la respaldara como su mano derecha o como su esposa. Pero Fer estaba lejos de todo eso. —Luisa... no seas tan dura con ella —dijo Fer, y para horror de Sofía, su voz era suave, casi melosa—. Sofía solo hace su trabajo. Es un poco... intensa con la eficiencia. —Es una molestia —escupió Luisa, acercándose más a él, su perfume invadiendo el espacio personal que Sofía tanto solía custodiar—. Dile que se retire. Tenemos mucho de qué hablar. A solas. Sofía apretó los dientes. —Señora, insisto. El protocolo de esta noche no permite interrupciones de... —¡Basta, Sofía! —el grito de Fer cortó el aire. Varios de los invitados se giraron hacia ellos. El silencio se expandió en todo el lugar. Fer miró a Sofía con una frialdad que la dejó sin aliento. No era la mirada de un esposo, ni siquiera la de un jefe exigente. Era la mirada de un amo hacia un objeto que estorbaba. —Retírate —ordenó Fer—. Ve a revisar los arreglos florales o lo que sea que hagas. Luisa es una invitada especial. No vuelvas a dirigirle la palabra en ese tono. —Fer, el embajador... —intentó decir ella, con la voz temblorosa por primera vez en años. —He dicho que te vayas. Ahora —repitió. Sofía dio un paso atrás, como si hubiera recibido una bofetada con guante de hierro. Sus ojos se encontraron con los de Luisa. La mujer le dedicó una sonrisa de victoria y una mirada burlona. Sofía caminó hacia el balcón, necesitando el aire frío de la noche. Su mente, siempre tan lógica y estructurada, estaba en caos. "Luisa"... ese nombre. Recordó que hace un tiempo había visto una foto de una mujer, escondida en el fondo de un cajón en el escritorio de Fer, y ella había decidido ignorarla por su "paz mental". La exnovia. La mujer que, según los rumores de la empresa, había dejado a Fer destrozado años atrás. Se abrazó a sí misma. Ella había construido el imperio de Fer, había redactado sus discursos, limpiado sus errores legales, había lidiado con sus crisis de ego y mantenido su cama caliente en el más absoluto silencio para no dañar la imagen que él tanto protegía. Escuchó pasos detrás de ella. No era Fer pidiendo disculpas. Era Luisa, que sostenía una copa de champán con una elegancia bien cuidada. —Es una lástima —dijo Luisa, apoyándose en la barandilla—. Eres buena en lo que haces. Tienes esa mirada de perro fiel que anticipa cada deseo de su dueño. Pero Fer siempre ha tenido debilidad por lo que no puede controlar. Y a ti... a ti ya te tiene demasiado controlada, ¿no es así, secretaria? —Usted no me conoce —respondió Sofía, recuperando su postura de hielo—. Y no tiene idea de cómo funciona esta empresa. —Oh, no me interesa la función de la empresa —Luisa dio un sorbo a su bebida—. Me interesa Fer. Y él me mira como si yo fuera agua en el desierto. Tú eres solo la arena, Sofía. Útil para construir, pero molesta cuando se mete en los ojos. —¿Terminaste? —le cortó, Sofía. —Un consejo... empieza a actualizar tu currículum, porque cuando yo regrese a su vida oficialmente, no habrá lugar para "asistentes" tan... territoriales. Luisa se dio la vuelta y regresó al salón, dejando a Sofía sola con la ira a punto de estallar en su garganta. Sacó su celular. Tenía un mensaje de Fer enviado hace poco. 》"Quédate en el hotel. No quiero que me arruines la noche con tus celos de m****a. Mañana hablaremos sobre tu comportamiento." Sofía guardó el dispositivo en su cartera. Sus manos, por primera vez en toda la noche, estaban perfectamente quietas. El dolor seguía ahí, en el pecho, quemando como ácido, pero su mente de estratega empezó a funcionar de nuevo. Fer creía que era el dueño del tablero, pero se olvidaba de que era ella quien movía las piezas.Capítulo 130Epílogo.El sol de la tarde caía sobre el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas intensos, violetas profundos y un dorado que parecía derretirse sobre la superficie del océano. Tres años. Tres años exactos desde que la vida, tal y como la conocían, se había estabilizado en este refugio de arena y sal. El tiempo ya no se medía en términos de supervivencia, ni en plazo de seguridad, ni en la urgencia del mañana. El tiempo allí se medía en el cambio de las estaciones y en la paz que se había asentado, definitiva y rotunda, en cada rincón de la casa.Sofía estaba sentada en una silla de lona, bajo la sombra fresca de una palmera. Su mano reposaba sobre su vientre, donde una nueva vida, la tercera, se agitaba con la misma vitalidad con la que Gael y Sarah conquistaban el mundo. A sus pies, la arena estaba tibia y fina.Mirar el mar desde allí ya no le provocaba esa punzada de cautela que antes le recorría la espalda. Ya no buscaba sombras; ya no esperaba que el horizonte tr
Capítulo 129El tiempo, ese juez implacable que durante años solo había medido los segundos de supervivencia, se había convertido por fin en un aliado paciente. Los meses se deslizaron como la marea sobre la arena de la costa.En la casa de la playa, la vida había adquirido un ritmo que Miguel, años atrás, habría considerado imposible. Ya no despertaba con la mano sobre la empuñadura de un arma, sino con la luz del sol filtrándose por las cortinas y el sonido de Gael riendo en el jardín.La agresividad que antes definía cada uno de sus movimientos se había disuelto, reemplazada por una serenidad que, al principio, le resultó extraña, casi incómoda, pero que pronto se convirtió en su estado natural.A pocos kilómetros, la vida de sus amigos seguía un curso paralelo de esperanza. Guzmán y Anna, con una complicidad que los hacía parecer recién conocidos, estaban inmersos en los preparativos de su propia boda. No era el tipo de evento grandioso que solía asociarse con el mundo que habían
Capítulo 128El cambio no fue drástico en términos de distancia, pero fue un abismo en términos de espíritu. La nueva casa, ubicada en una cala privada a pocos kilómetros de la antigua propiedad, era una estructura de madera, vidrio y piedra, construida para dejar entrar la luz y el sonido del mar. Allí, el aire no se sentía como una amenaza contenida, sino como una caricia. No había muros altos, ni cámaras apuntando a cada esquina, ni el peso de un legado criminal que se respiraba en las paredes. Aquí, solo había la inmensidad del océano.Habían pasado apenas diez días desde la boda, pero para Miguel y Sofía, se sentían como años de una vida distinta. La primera mañana, Miguel se despertó antes que el sol, por pura costumbre. Se quedó inmóvil, esperando escuchar el eco de una patrulla o el movimiento de personal de seguridad en el pasillo.Pero el silencio era absoluto. Solo se escuchaba el choque de las olas contra las rocas abajo. Y entonces, por primera vez, respiró hondo. No era
Capítulo 127La noche sobre la mansión había caído con una suavidad inusitada, como si el mismo cielo hubiera decidido bendecir el evento con un manto de estrellas despejadas. El aire, lejos de enfriarse, se mantenía templado, cargado con el aroma de las flores que seguían frescas, desafiando el paso de las horas. En el jardín, la música ya no era el hilo conductor de la ceremonia, sino el combustible de una celebración que empezaba a cobrar vida propia. Las luces de las guirnaldas, que, colgadas entre los sauces, creaban un ambiente acogedor, casi irreal.La gente no bailaba con la rigidez de un evento social de alta alcurnia; lo hacían con la soltura de quien sabe que el mundo exterior no existe en ese momento. Los camareros, que durante años habían servido en silencio bajo miradas severas, hoy se movían con una sonrisa real, intercambiando bromas con los invitados.Fue en medio de ese bullicio, cuando la orquesta bajó un poco el ritmo y la gente comenzó a agruparse cerca de la pis





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