Cuando Christopher abrió la puerta de la mansión Langley, un escalofrío recorrió su espalda. Esas cuatro paredes ya no eran un hogar; se habían convertido en un infierno disfrazado de uno. Avanzó con las sienes ardiendo de cansancio y angustia. No solo había vendido más de la mitad de sus acciones, sino que además no tenía idea de quién era el maldito socio mayoritario. El hombre había llevado a cabo la negociación en la más estricta incógnita, y a él no le quedó más remedio que firmar esos mal