Leonardo subió al auto sin decir una sola palabra.
El portazo resonó más fuerte de lo necesario, como si quisiera encerrar ahí dentro toda la furia, la confusión y el miedo que lo estaban devorando por dentro.
Apenas unos segundos después, Martin ocupó su lugar al volante. No arrancó de inmediato. Lo observó por el retrovisor, con cautela, como quien mira a un hombre al borde del abismo.
—Señor… —se atrevió al fin—. ¿No va a hablar con la señorita Ariana?
Leonardo dejó escapar una risa seca, amarga.
—¿Hablar de qué, Martin? —escupió—. ¿De lo evidente? ¿De que siguió adelante con su vida… con él?
Martin negó lentamente con la cabeza.
—Señor, por favor. Hable con ella. Esto no está claro. Nada lo está.
Leonardo giró el rostro con brusquedad, fulminándolo con la mirada.
—Cierra la boca —ordenó—. No digas una palabra más.
Martin obedeció. Arrancó el auto.
El trayecto fue silencioso. Leonardo llevaba el puño cerrado, la mandíbula rígida, los ojos fijos en la nada. La imagen de Ariana sonr