Mientras tanto, en la mansión presidencial el sonido del cubierto chocando contra la porcelana fue lo único que rompió el silencio del comedor presidencial.
Harry Velmon desayunaba con calma estudiada, traje impecable, el nudo de la corbata perfectamente ajustado aun a esa hora temprana.
Frente a él, Olivia sostenía una copa de vino tinto como si fueran las once de la noche y no las ocho de la mañana. Giraba lentamente la muñeca, observando el líquido con expresión distraída.
Harry arqueó una ceja, sin levantar del todo la vista del plato.
—¿Vino para desayunar, querida? —comentó con una sonrisa ladeada, cargada de ironía—. Qué imagen tan… presidentecial
Olivia dio un sorbo lento, sin molestarse en ocultar el gesto desafiante.
—Es excelente para los nervios —respondió—. Y créeme, convivir contigo los provoca.
Harry soltó una breve risa seca.
—Siempre tan encantadora.
Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió de golpe.
El secretario personal del presidente irrumpió en el