Mientras tanto, en el sótano de las empresas Energy, el sonido retumbó dentro del vehículo como si fuera una extensión de la furia que le comprimía el pecho.
Apenas segundos después, Martin subió por el otro lado y cerró con cuidado, como si cualquier ruido adicional pudiera detonar algo peor. El motor arrancó.
Durante varios segundos, ninguno habló.
Leonardo mantenía la mirada fija al frente, la mandíbula tan tensa que parecía a punto de quebrarse. Sus manos estaban cerradas en puños sobre los muslos, los nudillos blancos, la respiración irregular.
Martin lo observó por el retrovisor.
—Señor… —dijo con cautela—. Creo que debería pensar mejor lo que dijo arriba.
Leonardo soltó una risa breve, amarga, sin humor.
—Creo que ya lo pensé demasiado —respondió—. Voy a deshacer esa sociedad. Maldición…
Golpeó el respaldo del asiento delantero con el puño. La impotencia lo atravesó como un cuchillo. No era solo rabia. Era frustración, celos, dolor. Una mezcla venenosa que llevaba años acumulá