El vecindario de la infancia de Zoe siempre le había parecido una maqueta perfecta de felicidad, pero hoy, las casas de paredes blancas y jardines podados se sentían como celdas de una prisión de alta seguridad.
Zoe apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. A su lado, Alex tarareaba una canción para tranquilizarla, moviendo los dedos sobre el tablero, aunque sus ojos, agudos y vigilantes, no dejaban de observar el perfil tenso de ella.
—Zoe, si sigues apretando así