Eduardo no llegó lejos.
Creyó que la oscuridad lo protegería. Que el caos le daría ventaja. Que aún tenía tiempo.
No contó con Martín.
El golpe llegó desde atrás, seco, preciso. Eduardo apenas alcanzó a gruñir cuando fue empujado contra el pavimento. El arma salió despedida unos metros. Martín le presionó la rodilla en la espalda sin esfuerzo, inmovilizándolo.
—Se acabó —dijo con voz fría—. Ya no corres más.
Eduardo escupió sangre y rió con amargura.
—¿Crees que ganaron?
Martín no respondió. Sa