El impacto fue brutal.
La camioneta de Max y Elizabeth giró sobre sí misma tras esquivar un disparo, chocó contra un vehículo estacionado y terminó estrellándose contra un poste. El sonido del metal retorciéndose se mezcló con los gritos de la gente y el chillido de los frenos.
—¡Mierda! —gruñó Max, golpeando el volante.
Pues ellos habían cambiado de puesto.
Los vidrios estallaron.
Elizabeth se cubrió la cabeza por instinto mientras fragmentos caían sobre sus hombros.
—¡Sal, sal, sal! —ordenó M