Mundo de ficçãoIniciar sessãoEn el implacable tablero financiero de Chicago, el matrimonio entre la neurocirujana Karina Harroway y el magnate Dante Ashworth fue solo un contrato de tres años envuelto en negligencia glacial y en mantener a sus dos poderosas familias juntas. El día que Karina fue abandonada en su aniversario de boda después de una dura discusión con el frío realidad de Dante y el reaparecido primer amor de él, Olivia Neely, finalmente Karina se desprendió de él. Silenciosamente, Karina activó su salida y reclamó su destino, volviendo a la élite médica con una venganza profesional que sacudiría a los Ashworth. Pero la libertad tiene su precio: mientras Dante, consumido por un arrepentimiento tardío, comienza su desesperada persecución, el resurgimiento de Karina la pone directamente en la mira de un antiguo amor, un hombre que conoce la verdadera luz de su corazón. Ahora, con su carrera brillante y dos hombres poderosos luchando por su atención, Karina debe decidir si perdonar al marido que la ignoró o ceder ante la llama que nunca se apagó.
Ler maisEl exclusivo restaurante giratorio de Chicago ofrecía una vista vertiginosa del skyline, pero la luz fría de las ventanas solo acentuaba la soledad en la mesa de Karina Harroway. Acarició el borde de la copa, sintiendo el cristal helado bajo sus dedos. El filete de res, australiano y de primera, estaba ya mustio. La tarta de trufa negra, el resultado de tres días y diez intentos fallidos, se había desinflado por un lado y el vestido que había sacado desde lo profundo de su vestidor, estaba arrugado en la silla.
Ese día era su tercer aniversario de boda. Tres años pasaron desde que había puesto en pausa una prometedora carrera en neurocirugía por la quimérica esperanza de que Dante la necesitara.
Tomó su teléfono y marcó por quinta vez.
—El usuario al que llama está ocupado —anunció la voz mecánica, tan fría como el trato de su esposo.
En ese momento, la pantalla se encendió con una notificación de W******p. Era de Olivia Neely, su fastidiosa asistente.
Karina abrió la aplicación y la humillación la golpeó como un puñetazo. Olivia posaba en el asiento del copiloto del Maybach de Dante, sosteniendo una copa, pero lo que la heló no fue la pose, sino la pulsera negra en la muñeca de Olivia; el modelo que Karina había buscado incansablemente en Europa para Dante. Él lo había rechazado con un seco: «No es necesario, guárdalo» y de pronto estaba en la muñeca de la antigua ex novia de su esposo.
El mensaje de Olivia era una flecha envenenada: «Trabajando hasta tarde, pero vale la pena por la sorpresa del Jefe D.».
"Jefe." Siempre utilizaba ese título en público, una intimidad disfrazada de profesionalismo que le impedía a Karina el derecho a protestar. Karina apretó los puños. Tres años de matrimonio, y su recompensa eran las provocaciones de una examante y las innumerables noches custodiando la aterradora villa de veinte habitaciones. ¿Cómo era posible que pausara una carrera tan importante por un hombre que ni el lado de la cama le calentaba?
El camarero se acercó y su expresión era de genuina compasión.
—Señora Ashworth, con el debido respeto... —titubeó el hombre con las manos en la espalda—. ¿Le gustaría que calentásemos sus platos? Es la tercera vez que pregunto.
Karina inhaló profundo, forzando una sonrisa tensa. El nudo en su garganta no se deshizo y empujó las lágrimas lejos.
—No, gracias. Ya no será necesario —respondió ella, con su voz apenas un susurro—. Por favor, envuélvalo todo para llevar.
—Como usted ordene. Lamento su espera.
Afuera, el viento helado de Chicago cortaba la piel. Karina entró en su propio auto convertible, sintiendo que los tres años de espera habían sido más fríos que esa ráfaga de otoño.
En el asiento, sintió el teléfono vibrar. Un mensaje de su hermano, Teo Harroway, el único que siempre estuvo de su lado.
«¿Cómo te fue en el aniversario? ¿Necesitas que pase a recogerte? No me has contestado el último mensaje.»
Al ver la preocupación de Teo, las lágrimas cayeron, rápidamente secadas. Teo se había opuesto al matrimonio desde el inicio porque Dante no era el cprrecto y él lo sabía en sus entrañas, como una mala enfermedad. Si él veía su miseria, su rabia sería incontrolable.
Limpió las lágrimas con el dorso de la mano y tecleó una respuesta rápida: «Hermano, todo bien. Estamos a punto de irnos a casa. No te preocupes. Te quiero mucho.»
«Recuerda, lo que necesites», respondió Teo al instante, con su mensaje cargado de una autoridad que ella sentía incluso a distancia. Karina guardó el teléfono. La frase de su hermano era una advertencia. Dependía de su fuerte presencia, pero también le temía; nunca se atrevía a contradecirlo, igual que a Dante.
Al llegar a la villa, la familiar oscuridad la recibió, pero esa noche había un cambio. Unos tacones de aguja plateados estaban tirados sobre la alfombra de la entrada. La marca de tacones favorita de Olivia. En el sofá, un abrigo beige con la pequeña "N" bordada de Neely colgaba, y la sangre de Karina se heló al instante.
Con pasos pesados, Karina caminó hacia la habitación principal. La puerta de la suite estaba mal cerrada y la voz melosa de Olivia llegó clara a los oídos de Karina, cargada de una insoportable satisfacción porque había conseguido estar en su lecho de esposos.
—Dante, ¿cuándo vas a firmar los papeles? —preguntó Olivia—. Quiero estar a tu lado abiertamente. Ya pasaron tres años.
Hubo un silencio prolongado. El corazón de Karina latía salvajemente. Su mente rogaba que Dante la despidiera, que la pusiera en su lugar, pero en su lugar su respuesta heló su sangre.
—Olivia, sé paciente. Estamos en la víspera de cerrar el trato más grande del año y necesito que este matrimonio siga activo.
—¡Pero yo soy la que paga el precio! —se quejó Olivia, con su voz volviéndose aguda y melodramática—. Mi pierna duele por el cambio de tiempo. Sabes lo que hice por ti...
—Lo sé —interrumpió Dante—. Y te lo pagaré. Siempre lo hago.
Karina se apoyó en el muro, sintiendo el frío en su espalda. ¿Dolor de pierna? ¿El incidente de la escalada? Olivia no solo lo presionaba, lo manipulaba con su culpa de haberle salvado la vida.
—Entonces, ¿cuándo terminará este absurdo matrimonio? —insistió Olivia, con un tono más exigente.
El silencio fue más breve esa vez. Luego, la voz fría y autoritaria de Dante Ashworth, sin pizca de duda o remordimiento, resonó, sellando el destino de Karina.
—Pronto. El contrato de tres años termina hoy. Solo necesitaba asegurar mi posición en la junta directiva antes de soltarla. La fusión Harroway-Ashworth está asegurada, y ella ya no es necesaria —dijo pasando su dedo por su mentón—. Solo seré tuyo.
Karina cerró los ojos. La revelación no fue dolorosa, fue absoluta. No había sido el trabajo. Había sido un plazo comercial cuyo tiempo había expirado justo después de que Dante obtuviera lo que quería. Ella no era una esposa, era una garantía.
Se dio la vuelta, y sus movimientos fueron repentinamente firmes. No necesitaba escuchar la voz de Dante una vez más. Las lágrimas, que había contenido ante Teo, finalmente cayeron, pero no de tristeza. Eran lágrimas de resolución.
La farsa había acabado.
—Se acabó —murmuró Karina para sí misma, con calma.
Caminó hacia su vestidor y la alfombra gruesa amortiguó sus pasos. No había temblor en sus manos mientras abría la caja fuerte. Sacó un sobre sellado y notariado. Dentro se encontraba el Acuerdo de Divorcio que su abogado había preparado a escondidas hace dos meses y que ella guardó para el momento oportuno.
—Mi tiempo no te perteneció, Dante —afirmó en voz baja, sintiendo el peso del papel en su mano y las lágrimas quemando sus mejillas—, pero mi futuro sí me pertenece y no es contigo.
Al día siguiente, el campus todavía bullía con los rumores de la pelea en el bar. La historia de cómo el baterista de la banda había noqueado al capitán de fútbol circulaba en versiones cada vez más exageradas y más egocéntricas para Leo, pero Elena solo podía pensar en la mirada de orgullo de Dante en la comisaría, un orgullo basado en una mentira atroz de solo cuidar de Elena y no porque Mark quería algo que le pertenecía. Logró interceptar a Leo cerca de los casilleros de la facultad, arrastrándolo por el brazo hacia un rincón apartado detrás de las máquinas de café.—¡Leo, esto es extremadamente peligroso! —le susurró con la voz entrecortada, mirando hacia ambos lados del pasillo, evitando miradas curiosas—. Mi padre casi nos descubre anoche. Estuvo a nada de sospechar algo por cómo nos mirábamos. No podemos seguir ocultándonos así; un día de estos vamos a cometer un error fatal frente a ellos y no habrá vuelta atrás. Se acabó, Leo.Leo, lejos de parecer preocupado, se apoyó contr
La energía en el local era eléctrica y una vibración subía desde el suelo de cemento hasta las rodillas. Leo estaba tras la batería, con la camiseta empapada pegada a la espalda, moviéndose con una fuerza y precisión que hipnotizaban a la multitud, pero esa noche, Elena no lo miraba simplemente como una espectadora más o como la "novia de fachada"; sus ojos brillaban con la complicidad eléctrica de lo ocurrido la noche anterior en su habitación.Vitoreaba, aplaudía con las manos en alto y no le quitaba la vista de encima, sintiendo un nudo en la garganta y un calor repentino cada vez que él, entre redoble y redoble, le dedicaba una sonrisa fugaz y cargada de intención desde el escenario. Elena estaba fascinada por lo que estaba comenzando a nacer entre ellos, por lo que estaba creciendo, por lo que germinaba como una flor.—Estás diferente hoy, Elena —comentó Suzanne, la novia de Mike, acercándose con una cerveza en la mano y gritando para ser escuchada—. Se te nota a kilómetros, tien
El lunes por la mañana, Elena decidió que no podía enfrentar la realidad del campus ni las miradas inquisidoras de todos los que seguían hablando de ese beso que no debió pasar con Mark. El peso de los besos robados en el baño de la tía Ana y la intensidad asfixiante de Leo eran demasiado para procesar en frío. Fingió una migraña terrible y algo de fiebre. Dante y Karina, siempre protectores, no dudaron de su palabra al verla tan pálida y ojeras.—Cariño, quédate en la cama. Te traeremos medicinas y sopa más tarde. No pienses en la universidad ni en los libros hoy —le dijo Karina, besando su frente antes de salir y cerrar las cortinas para dejar el cuarto en penumbra.Elena pasó el día entero entre sábanas de hilo, sintiéndose una hipócrita de primera clase, pero comiendo helado y viendo malas comedias románticas. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de las manos de Leo en su cintura y escuchaba su voz ronca pidiéndole que dejara de luchar contra lo inevitable. El silencio
El domingo llegó con un sol radiante que se filtraba entre los altos pinos del jardín y era un clima que contrastaba muy bien con la tormenta interna que consumía a Leo y Elena. La mansión de Ana y Luciano, ubicada en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, estaba decorada con una elegancia sobria para el nuevo cumpleaños de Sofía. Risas casi adolescentes, música de ambiente y el aroma penetrante de un solomillo al vino tinto llenaban el aire.Dante y Karina caminaban orgullosos entre los invitados, saludando a los parientes lejanos y compartiendo anécdotas sobre lo mucho que habían crecido sus hijos. Sin embargo, el aire entre Leo y Elena era tan gélido que cortaba la respiración de cualquiera que se acercara. Se mantenían en extremos opuestos del jardín: él, recostado contra una columna de madera, la favorita de Luciano, con una copa de champaña intacta; ella, fingiendo una conversación animada con una prima segunda que apenas recordaba.Ana, siempre observadora y con ese inst
El campus de la universidad se convirtió en un campo de batalla silencioso después de esa revelación, discusión y alejamiento después de la fiesta. Durante una semana completa, Leo y Elena perfeccionaron el arte de evitarse casi exitosamente. Elena cambiaba de ruta bruscamente si divisaba la motocicleta negra de Leo estacionada a lo lejos, y él se refugiaba en el sótano de ensayos de la banda, descargando su furia contra la batería hasta que las manos le ampollaban y los oídos le zumbaban.Dante y Karina notaban la tensión, pero la atribuían al cansancio acumulado de los exámenes y al estrés de las entregas de proyectos. Por supuesto ninguno de los dos habló con sus hijos porque los hermanos se peleaban a fin de cuentas y no querían ser intrusivos. Sin embargo, la tregua forzada terminó con una llamada telefónica el domingo por la mañana que desmoronó cualquier plan de distancia que los separaba de volverse a ver.—Es el cumpleaños de su prima Sofía —anunció Dante con entusiasmo desde
La noche del baile de gala llegó tan afilada que podía cortar la tensión con un cuchillo. El gimnasio de la universidad estaba irreconocible, cubierto de telas brillantes y luces estroboscópicas, pero para Leo, el único punto de luz era la entrada. Elena, decidida a cumplir su advertencia, apareció con un vestido de satén corto, ceñido al cuerpo y de un rojo profundo que destacaba violentamente contra la palidez de su piel. El escote en la espalda y el corte alto en la pierna dejaban poco a la imaginación. Estaba radiante, pero su mirada tenía un brillo gélido, casi metálico.Leo se separó de sus amigos en cuanto la vio llegar. Ella se negó a que fuera a buscarla a la casa para no alertar a sus padres, y aunque solo podría ser el chaperón, Karina era intuitiva y podría mirar entre las fisuras de su mentira para conseguir la verdad.—Estás hermosa —le susurró Leo al recibirla cerca de la entrada, con orgullo posesivo y una sospecha que le cerraba el estómago.Seguía pensando que ella h





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