A kilómetros de distancia, en un escenario completamente distinto, Emma y William estaban terminando de limpiar el camerino donde la sangre de Alberto aún manchaba el piso, las paredes y hasta el borde del espejo iluminado.
El olor metálico seguía impregnado en el aire, mezclándose con el de los productos de limpieza y el sudor que corría por la sien de ambos.
El silencio era denso, apenas roto por el roce de los guantes de William contra el piso y la respiración entrecortada de Emma, todavía