A kilómetros de distancia, en un escenario completamente distinto, Emma y William estaban terminando de limpiar el camerino donde la sangre de Alberto aún manchaba el piso, las paredes y hasta el borde del espejo iluminado.
El olor metálico seguía impregnado en el aire, mezclándose con el de los productos de limpieza y el sudor que corría por la sien de ambos.
El silencio era denso, apenas roto por el roce de los guantes de William contra el piso y la respiración entrecortada de Emma, todavía agitada después de todo lo que había ocurrido.
Emma dejó caer el trapo ensangrentado sobre un balde y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Tenía el cabello pegado a la piel, y aun así, su expresión era fría, calculadora. Nada parecía afectarla realmente.
William la observaba desde el otro lado del camerino, con esa mezcla de admiración ciega y devoción peligrosa que solo él era capaz de sentir por ella.
—Todo listo, mi reina —dijo finalmente, enderezándose y quitándose los gu