Finalmente, Leonardo apoyó la frente contra el cuello de Ariana, aún jadeante, y ella lo rodeó con los brazos, sintiendo su corazón golpear fuerte contra su propio pecho.
Cuando salieron de la ducha, ambos estaban exhaustos, pero había una calma distinta en el aire. Una calma nueva, una calma demasiado perfecta.
Ariana se envolvió en una toalla, todavía ruborizada por todo lo que habían hecho. Leonardo, con el cabello mojado y gotas de agua corriendo por su espalda desnuda, la miró como si no pudiese creer que la tenía allí, en su cabaña, en su vida, finalmente suya.
—Siéntate —le dijo con suavidad.
Ella obedeció mientras él se movía por la pequeña cocina rústica, abriendo cajones, acomodando ingredientes, encendiendo la estufa. Todo con una naturalidad que a Ariana la desconcertó.
No porque fuera extraño verlo cocinar.
Si no porque era extraño verlo… tranquilo.
Solo había visto a Leonardo furioso, autoritario, celoso, peligroso, dominante. Nunca así: relajado, concentrado, hasta un