A kilómetros de distancia, la atmósfera en la mansión presidencial era completamente distinta.
Leonardo y Ariana llegaron pasadas las ocho de la noche, aún con el aroma húmedo de la lluvia impregnado en sus sonrisas, y el brillo en los ojos que todos reconocieron al instante.
Bastó que cruzaran la puerta principal para que el murmullo de preocupación que se había mantenido todo el día estallara en un conjunto de suspiros, exclamaciones y alivio colectivo.
—Señor presidente —dijo Martín apenas los vio, poniéndose de pie de inmediato—. Gracias a Dios… están bien.
Leonardo no se detuvo; tenía el brazo rodeando la cintura de Ariana y la acercó aún más para besarla ahí mismo, delante de todos. Un beso firme, decidido, como si quisiera dejar claro que ese era su lugar: a su lado. Ariana correspondió con una sonrisa cálida, tímida, pero tan llena de amor que cualquier duda desapareció.
Los guardias se miraron entre ellos, relajando los hombros. Flor, desde la entrada de la cocina, se llevó