A kilómetros de distancia, la atmósfera en la mansión presidencial era completamente distinta.
Leonardo y Ariana llegaron pasadas las ocho de la noche, aún con el aroma húmedo de la lluvia impregnado en sus sonrisas, y el brillo en los ojos que todos reconocieron al instante.
Bastó que cruzaran la puerta principal para que el murmullo de preocupación que se había mantenido todo el día estallara en un conjunto de suspiros, exclamaciones y alivio colectivo.
—Señor presidente —dijo Martín apenas