Leonardo avanzó entre el humo, con la chaqueta gris por el polvo y el humo y el rostro cubierto por el polvo. Martín iba delante, revisando cada esquina, cubriendo cada paso.
—¡Rápido, señor! —gritó uno de los escoltas—. ¡Por aquí!
Llegaron hasta un callejón angosto. Detrás de ellos, el caos seguía, Leonardo se giró apenas para ver cómo otra explosión iluminaba el cielo gris.
Martín lo empujó hacia adelante.
—Tenemos que movernos, señor. La zona ya no es segura.
Leonardo respiró hondo, el cor