Ariana lo observó, captando ese leve sonido en su tono, esa molestia que él no solía mostrar. Sin embargo, no dijo nada.
Dio media vuelta y se dirigió hacia la escalera, con la cabeza en alto, pero con el pecho ardiendo de emociones contenidas.
Detrás de ella, Olivia intentó acercarse más, pero el médico la apartó con firmeza profesional.
—Señorita, necesito espacio.
Leonardo soltó un suspiro exasperado.
—Hazle caso, Olivia.
Ella frunció los labios, humillada, pero obedeció.
Mientras el médico limpiaba y vendaba la herida, Leonardo mantuvo la mirada fija en el punto donde Ariana había estado segundos antes.
Había algo en su expresión, algo en cómo lo había mirado, que lo había hecho sentir vulnerable por primera vez en mucho tiempo.
Cuando el médico terminó, Leonardo se recostó un poco en el sofá. El silencio volvió a llenar la sala.
Flor se acercó con una manta.
—Señor, ¿le traigo algo caliente? —preguntó con amabilidad.
Leonardo negó.
—No, Flor. Solo necesito descansar un poco.
La