Mientras tanto, en las oficinas presidencial, Leonardo se llevó las manos a la sien. El dolor le pasaba justo detrás de los ojos, como si las últimas semanas de tensión hubieran decidido cobrarle factura de golpe.
La oficina estaba en silencio, salvo por el tic-tac del reloj que marcaba con impertinencia los segundos
Desde la puerta, la voz de Martín rompió aquel silencio.
—Señor, el auto ya está listo. Saldremos cuando usted lo ordene.
Leonardo levantó la vista lentamente. Sus ojos, cansados, se posaron sobre su secretario.
—Gracias, Martín —dijo con voz grave, pausada—. Salgamos de una vez, antes de que el día decida complicarse más de lo necesario.
Tomó su chaqueta del respaldo de la silla, ajustó los puños de la camisa y, sin mirar atrás, recogió su maletín de cuero negro. Cada movimiento suyo era calculado, preciso, como si incluso el acto de vestirse tuviera un propósito político.
Descendió por el pasillo suavemente. En la planta baja, el sonido de los pasos firmes de los escol