Mientras tanto, en las oficinas presidencial, Leonardo se llevó las manos a la sien. El dolor le pasaba justo detrás de los ojos, como si las últimas semanas de tensión hubieran decidido cobrarle factura de golpe.
La oficina estaba en silencio, salvo por el tic-tac del reloj que marcaba con impertinencia los segundos
Desde la puerta, la voz de Martín rompió aquel silencio.
—Señor, el auto ya está listo. Saldremos cuando usted lo ordene.
Leonardo levantó la vista lentamente. Sus ojos, cansados,