Mundo ficciónIniciar sesiónElla lo amó más que a nada en el mundo. Él nunca supo valorarla… hasta que la perdió. Cuando Vivian decide abandonar al arrogante y poderoso CEO Eduardo Braga, no se lleva nada más que su dignidad y su libertad. Pero su partida deja un vacío imposible de ignorar. Ahora, consumido por el orgullo herido y una necesidad desesperada de recuperarla, Eduardo descubrirá demasiado tarde que reconquistar a una mujer rota por el amor no será fácil… y podría ser el mayor desafío de su vida.
Leer másVivian
Era hermosa. Demasiado hermosa para ser solo un adorno.
Vivian giraba lentamente frente al espejo iluminado del camerino del Hotel Imperial, el más lujoso de la ciudad. El vestido azul zafiro ondulaba como un mar en calma con cada paso que daba. La tela era ligera, sedosa, y el corte se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido hecho a medida —porque, por supuesto, lo había sido—. Cada detalle, desde el color hasta el diseño, revelaba el gusto refinado de quien lo había elegido.
Eduardo.
Su marido.
Suspiró y se observó una última vez. El cabello recogido con delicados pasadores, el maquillaje impecable, los pendientes de perla que ella misma había elegido, discretos, como siempre le habían enseñado a ser.
—Estás… deslumbrante —dijo Alice, su mejor amiga, con los brazos cruzados, apoyada en la puerta. Su expresión era la de alguien que se contenía para no decir “te lo advertí” desde que habían entrado allí.
—Se acordó de que hoy es mi cumpleaños, Ali. Eligió el vestido. Mandó hacer mi pastel favorito. —Vivian sonreía, con un brillo dulce e infantil en los ojos—. Creo que… tal vez está empezando a verme de verdad.
Alice cruzó la habitación y comenzó a bajar ligeramente la cremallera del vestido en la espalda de su amiga, con cuidado.
—Siempre te ha visto, Vivi. Solo que nunca de la manera correcta.
Vivian no respondió. No hoy. No esa noche.
Afuera, en el salón, el sonido apagado de los violines llenaba el aire con una melodía elegante. El ruido de pasos apresurados en los pasillos se mezclaba con el tintinear de los cubiertos colocados con precisión sobre mesas que parecían sacadas de un cuento de hadas moderno. Candelabros de cristal, arreglos florales en tonos blancos y azules, camareros alineados esperando a los invitados. Todo parecía… irreal.
Un suave golpe en la puerta del camerino interrumpió el momento. Un empleado entró con una caja de terciopelo negro, con letras doradas grabadas. Al abrirla, Vivian encontró un deslumbrante collar de zafiros, acompañado de una breve nota escrita con la letra firme y elegante de Eduardo:
“Póntelo y sonríe. Esta noche es tuya.”
Se llevó la mano a la boca, sorprendida. Sus ojos se humedecieron por un instante.
—¿Lo ves? —dijo, mostrando el mensaje a su amiga con una sonrisa esperanzada—. Puede que no lo diga… pero lo está intentando. Sé que lo está.
Alice respiró hondo, como si contuviera un comentario ácido.
—Tal vez. Solo espero que no sea demasiado tarde para que se dé cuenta de lo que tiene.
Vivian, con manos delicadas, se colocó el collar en el cuello. Las piedras frías tocaron su piel como si despertaran algo dormido en su interior. Por un instante, se imaginó entrando en el salón, con todas las miradas sobre ella —y la suya, sobre todo—. Quizá Eduardo la vería como una mujer, no solo como un acuerdo conveniente.
—Vamos —dijo Alice, animándose de repente—. Vamos a mostrarle a tu príncipe encantado lo que está perdiendo por no saber mirar.
Las dos salieron al pasillo de los camerinos. Vivian caminaba con pasos gráciles, aunque ligeramente inseguros. Con cada paso, el sonido firme de sus tacones resonaba como latidos. Pero antes de llegar al salón principal, unas risas masculinas rompieron el aire.
Se detuvieron.
—¿De verdad te casaste con Vivian? —la voz cargada de sarcasmo cortó el ambiente. Christopher, amigo de Eduardo desde la universidad, recién llegado del extranjero, no perdió la oportunidad de provocar.
Vivian se quedó paralizada en el pasillo. La puerta entreabierta dejaba escapar cada palabra como una sentencia. Alice contuvo la respiración a su lado, sabiendo que aquello no terminaría bien.
—Me casé, claro —respondió Eduardo, relajado, como si hablara de negocios y no de su esposa—. El viejo Gilbert siempre quiso controlarme, creía que podía dictar cada paso de mi vida. ¿No quería que me casara con una actriz? Pues elegí a la nieta del mayordomo.
Una carcajada resonó dentro, seguida por el tintinear de copas. Vivian sintió cómo su corazón se desplomaba, su cuerpo buscando apoyo en la fría pared.
—Y siempre estuvo ahí, ¿no? —insistió Christopher, venenoso—. Para alguien como Vivian, ser la señora Braga debe ser lo máximo. Una bendición. Al fin y al cabo, nunca habría tenido nada de esto por sí sola.
—Sabe aprovecharlo —añadió Eduardo, con una sonrisa cruel—. Y hasta es útil… nunca me ha dicho que no. Siempre agradecida, siempre dispuesta. Confiable. Pero… insípida. Sin gracia.
Vivian tragó saliva, las palabras quemándole como ácido.
—Bueno, por lo que describes, tu mujer tiene el carisma de una cerca eléctrica —rió Christopher, sin soltar el tema.
—Creo que están yendo demasiado lejos. Vivian tiene un origen humilde, pero es una persona increíble —intervino Lucas, incómodo. Detestaba la forma en que Eduardo menospreciaba a su esposa.
—Lucas, sigues siendo el defensor de los débiles y oprimidos, ¿no? —se burló Christopher antes de volver a girarse hacia Eduardo—. ¿Y Elisa? ¿Por qué no intentaste quedarte con ella? Apostaría a que sería todo menos insípida.
Eduardo suspiró, como si confesara algo trivial.
—Lo intenté. Le pedí matrimonio a Vivian creyendo que Elisa cambiaría de opinión. Pensé que se rendiría al lujo, a la seguridad, a mi apellido. Pero Elisa es diferente. Deslumbrante. No me necesita para brillar. Al final, tuve que seguir adelante y casarme de verdad.
Las risas fueron más fuertes esta vez. Vivian se llevó la mano al pecho, intentando contener el nudo que la asfixiaba.
—¿Y ahora que Elisa ha vuelto? —preguntó Gustavo, con cautela, ya preocupado por los escándalos que tendría que gestionar.
Eduardo alzó la copa, con los ojos brillando.
—Ahora voy a mostrarle todo lo que perdió al rechazarme.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —quiso saber Christopher.
—Le envié a Vivian un regalo. Un collar. El mismo que Elisa siempre quiso… Nada más justo que mi esposa lleve lo que otra mujer soñó tener.
Vivian dio un paso atrás, tambaleándose, con el aire atrapado en el pecho.
—¿Y Vivian lo sabe? ¿Que planeas usarla así? —preguntó Lucas, incómodo.
Eduardo soltó una risa baja y cortante.
—Eso no importa. Ella nació para sonreír y agradecer. Es lo que mejor hace.
El mundo se quedó en silencio.
Vivian ya no escuchó nada más. El sonido de la fiesta desapareció. El perfume de las flores le resultaba insoportable. El collar, antes símbolo de un gesto romántico, ahora pesaba como cadenas en su garganta.
Se dio la vuelta, con pasos temblorosos. El vestido rozaba sus piernas como si quisiera impedirle avanzar. Alice, en silencio, la siguió como una sombra.
—Él… —la voz de Vivian salió quebrada—. ¿Hizo todo esto… solo por Elisa?
En el camerino, Vivian caminó hasta el tocador. Con dedos temblorosos, se quitó el collar como quien arranca una trampa clavada en la piel. El sonido del cierre cayendo sobre el vidrio resonó como un disparo.
Alice tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Siempre supe que ese idiota no te merecía. Pero ahora tú también lo sabes. Vámonos de aquí.
Vivian no respondió. Ni siquiera las lágrimas llegaban. Hasta el llanto parecía haberse paralizado.
Atravesó el hotel como un fantasma. Alguien la llamó:
—¿Señora Braga? En cinco minutos entra usted…
Vivian no miró atrás.
Ni explicaciones. Ni despedidas.
No dejó solo el collar atrás —con él, dejó una parte de su propio corazón, arrancada por el hombre al que había amado desde los dieciséis años.
VivianEl primer sonido que escuchó fue el pitido acompasado de las máquinas.Luego, el olor a alcohol y desinfectante.Y, por último, el peso de algo cálido sosteniendo su mano.Vivian parpadeó despacio. La luz blanca de la habitación del hospital la cegó por un instante. Intentó moverse, pero un dolor agudo le atravesó el brazo —un gemido escapó de sus labios.—Eh… tranquila —la voz era grave, ronca, demasiado conocida—. Estás en el hospital. Todo está bien ahora.El mundo dio vueltas, pero cuando logró enfocar, lo vio.Eduardo.Sentado en el sillón junto a la cama, el rostro pálido, la barba descuidada, profundas ojeras. El cabello desordenado delataba noches sin dormir.Pero lo que más la golpeó fue su mirada: una mezcla de alivio y culpa que nunca había visto en él.Vivian intentó retirar la mano, pero él la sostuvo con firmeza.—No hagas eso —murmuró—. Pensé que te había perdido.Ella parpadeó varias veces, confundida, la voz temblorosa:—¿Q… qué pasó?—El coche —dudó—. Tuvieron
EduardoSe quedó quieto, inmóvil, mirando la puerta que Vivian acababa de cerrar tras de sí. Las palabras de ella resonaban en su cabeza como un disparo: cortas, frías, definitivas.—Voy a divorciarme de ti. De una forma u otra.Durante unos segundos, simplemente… no respiró.Era como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. El silencio de la habitación pesaba sobre sus hombros, asfixiante, mientras el sonido lejano de la fiesta se convertía en un zumbido indistinto.Cuando por fin logró moverse, se llevó las manos al rostro, con los dedos temblando.El aire parecía escaso, y su corazón latía descompasado, cada latido recordándole la estupidez que acababa de cometer.Había tenido una oportunidad —la última— y, cobarde, la desperdició.Ella no le pidió mucho, solo una respuesta sincera. Y él, una vez más, eligió el orgullo.Ahora, la idea de que ella realmente pudiera irse —de verdad, esta vez— lo golpeaba con la fuerza de un puñetazo en el estómago.Eduardo respiró hondo, inte
VivianAún quedaba una chispa de esperanza, una última terquedad del alma que se negaba a aceptar el final.Si él dijera que la extrañaba, que le importaba, que disfrutaba de su compañía —aunque mintiera— tal vez eso sería suficiente.Pero la respuesta llegó fría, seca, calculada:“Porque es conveniente.”Conveniente.La palabra resonó como un golpe en el pecho. Él no la quería, no la amaba, no la extrañaba. Todo no era más que una jugada estratégica: ahora quería asegurarse de que la familia no lo presionara a casarse con la joven Botelho ni con cualquier otra heredera que garantizara alianzas y fortuna.Vivian sintió cómo su mundo se derrumbaba en silencio.El corazón no se rompió de golpe —fue una ruptura lenta, sofocante, como si algo dentro de ella se apagara para siempre.No hubo nada más que decir.El último hilo que la ataba a esa relación se rompió.Salió de la habitación, atravesando el pasillo como quien huye de un incendio. No recogió sus maletas. No podía permanecer en
EduardoFue criado para mantener el control —personas, negocios, emociones—. Pero aquella noche, ni siquiera su propia respiración parecía obedecerle.Desde que vio a Vivian entregar el regalo de Matheus a su abuelo, los celos se le clavaron en la garganta como una espina.No tenía derecho a sentirse traicionado —ella no le debía nada, y en poco tiempo ambos estarían separados para siempre—, pero eso no importaba.Era irracional, vergonzoso, y aun así lo dominaba por completo.En los últimos días, la distancia entre ellos dejó de ser solo emocional: se había convertido en un muro que él mismo había levantado, ladrillo por ladrillo… y ahora no sabía cómo derribarlo.Eduardo intentaba convencerse de que era lo mejor, de que el control lo mantendría cuerdo, pero la verdad lo carcomía en silencio: estaba pagando el precio de haber huido de ella.Cada vez que la mirada de Vivian lo atravesaba, fría e impasible, algo dentro de él se quebraba —un arrepentimiento sordo, constante, que le rob
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