Noventa

El olor a antiséptico fue lo primero que Eduardo percibió cuando la conciencia comenzó a regresar en fragmentos inconexos. Un dolor sordo y profundo en la espalda, voces apagadas, el sonido monótono de los monitores del hospital. Intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban como plomo.

—¡Doctor, se está moviendo!

La voz era de Vivian. Sonaba ronca, agotada, pero llena de una esperanza que le hizo doler el corazón.

Él forzó los ojos a abrirse. Las luces blancas del hospital cegaron su vi
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