Mundo ficciónIniciar sesión-Ahora me debe 10 millones de dólares. -¡Imposible! -Un año más…Si se va hoy, su familia vuelve a la ruina y mis hijos se quedan conmigo. Quédese un año más, y la deuda y su libertad quedan saldadas. Cuando su hermana huye para no casarse, Cristina tiene que llevar su velo para ser lanzada sin escapatoria a una calle sin salida. Pero a diferencia de su hermana, delgada, hermosa y exitosa, Cristina es gorda, no agraciada para los ojos de la sociedad en la que creció, y sin un centavo por la traición de su ex novio. Su ahora esposo, René García, es un CEO frío y despiadado que no oculta su desprecio: él quería a Cristal, no a la "sustituta" que lleva su velo. Ahora, Cristina sabía que aceptar la propuesta de René García era entrar en una jaula de oro, pero no tenía opción. Atada por un contrato de 365 días a un hombre que solo busca venganza contra su apellido, ella se prepara para vivir en su infierno de frialdad y un corazón que le pertenece a otra. Ahora que el contrato está por expirar y Cristina reclama su libertad, René no está dispuesto a dejar ir a la única mujer que ha logrado llamar su atención y que ningún contrato es más fuerte que ésta pasión y deseo de poseerla para siempre.
Leer másLa cúpula de la iglesia era tan alta que daba vértigo, y la Marcha Nupcial que sonaba en el órgano le pareció a Cristina más bien un toque de difuntos.
Se encontraba al final del pasillo. El ramo de rosas blancas, símbolo de felicidad, le pesaba muchísimo en las manos, pues los pétalos aún estaban cubiertos por una fina capa de polvo blanco grisáceo. Eran las cenizas de su padre.
Horas antes, en medio del caos de la discusión, Laura había derramado la caja donde reposaban las cenizas de su padre. Cristina hizo todo lo posible, pero solo pudo recoger un pequeño manojo, y lo que cayó en el ramo se convirtió en el único vínculo entre ella y todas las personas que amaba que ya no estaban junto a ella.
A través del velo de encaje, su visión estaba borrosa. Sentía innumerables miradas clavadas en ella, como agujas que le pinchaban la piel. Los susurros se fundieron en una corriente subterránea perversa.
—¿Es la nieta de Salvador?
—Dios mío, mira su figura… ¿Cómo pudo el señor García haber aceptado?
De repente, los murmullos se intensificaron y por la tela del velo una figura se alzaba en el altar. Cristina no podía ver con claridad, pero cuando respiró hondo y alzó la vista. Su mirada atravesó la multitud, fijándose en el hombre junto al altar.
Y mientras esa figura cada vez rompía la distancia, la sentencia ya era clara.
Ese hombre no es nada más ni nada menos que René García; el auténtico infierno hecho persona.
Incluso desde la distancia, Cristina se sentía intimidada por su aura distante e inaccesible. Era como un iceberg, un iceberg a punto de estrellarse contra su barco destrozado.
—No te quedes ahí parada, avanza, —la voz de Laura le taladró los oídos como una serpiente venenosa. —Recuerda tu lugar, no intentes nada raro, a menos que quieras que tus cenizas también se esparzan aquí.
Cristina se estremeció, pero no se dio la vuelta. Dio un paso. Cristina se mantuvo callada, con un nudo en la garganta. Apenas subió al altar, fue notable la soledad. Se tambaleó tan sólo un poco.
Al llegar al altar, René se giró. Era alto, su sombra envolvía por completo a Cristina. Su rostro estaba inexpresivo.
No hubo palabras.
No hubo respiraciones.
Antes de pensar en otra palabra, su velo ya se alzaba.
Aguantó la respiración cuando sus ojos, por primera vez, se encontraron con el señor Rene García; cuyo atractivo la dejó sin aliento.
No pensó que las imágenes o los rumores de que era guapo y galante no le hicieran tanto juego en persona. Era tan atractivo que intimidaba, y la deslumbró durante algunos segundos, dejándola sin habla. Demasiado alto como para alcanzarlo. Cuando su rostro quedó expuesto no sólo para él, también para la multitud, los murmullos estallaron junto a risas. Lo único que la gente podía pensar era “¿Cómo René García, el atractivo multimillonario deseado por modelos y actrices preciosas se casará con una mujer gorda?
Pero la dureza de los ojos del señor García al fijarse en ella, y bajarla por todo su cuerpo, le enviaron escalofríos.
Cuando sus miradas chocaron, los ojos fríos del señor René García hablaron por sí solos, y tensó la mandíbula. Pero sorpresivamente, no dijo nada. Se dio media vuelta y encaró al sacerdote.
—Empiece —y la voz de éste hombre asesinó a Cristina: grave, rasposa y sin contemplaciones.
El sacerdote empezó la ceremonia.
Cristina ni siquiera supo cómo responder a eso. No había palabras para describir esto, y menos cuando el señor García tomó el bolígrafo, se inclinó y firmó el papel como una abofeteada al rostro de Cristina, quien se quedó inmóvil, horrorizada. Tenía, tenía la pequeña esperanza de que él dejara el lugar reclamándole a Salvador lo que hizo. Pero no…
Acababa de firmar el acta de matrimonio.
Y dándole una última mirada a Cristina, el señor René se acercó hacia su oído.
—Firme.
No hubo besos, no hubo nada que mostrara que esta unión es verdadera. Pero Cristina, con miedo, hizo exactamente lo que pidió.
La unión era un hecho.
René ni siquiera la miró antes de darse la vuelta y marcharse a grandes zancadas, con su traje negro, una silueta resuelta y distante.
Los murmullos incrementaron cada vez más, todas las miradas en su cuerpo, en su rostro, completamente una decepción a lo que creía que sería Cristal. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, apretando más el ramo de flores.
Eso era lo más parecido a una transición bancaria, donde ella fue simplemente la moneda de cambio sin sentimientos.
Cristina, como una marioneta, fue conducida por el conductor por una puerta lateral. Mientras el coche negro se alejaba de la iglesia, no pudo evitar mirar hacia atrás.
A través de la ventanilla, vio a Salvador alzando su copa triunfalmente, con Laura acurrucada a su lado: la mujer que una vez fue su madrastra, ahora su abuela, con una fría sonrisa de vencedora en el rostro.
Las ruedas giraron, dejando atrás la hipócrita iglesia. Cristina bajó la cabeza, mirando la capa de cenizas en su ramo, con lágrimas que corrían silenciosamente por su rostro.
CAPITULO 92René no se cerró la camisa cuando se alejó, ni recogió los papeles del suelo ni tampoco dijo nada más. Se fue como vino, dejándola así, hirviendo de la rabia, frenética, sonrojada y en llanto.Cuando no escuchó más nada, Cristina se dio la vuelta y suspiró en silencio. Tomó asiento, mientras el amanecer ya llegaba.Su cuerpo continuaba hirviendo por lo que había hecho. Su cuerpo lo reconoció y eso no podía negarlo. Su cuerpo, al que le ordenó nunca volver a sentir algo por René, se entregó a él como si nada, como si no le doliera. Pero una cosa era cierta y era aquel deseo que todavía sentía por René.—Eres una tonta —se murmuró. Se acarició el cuello, los labios y los brazos, donde René dejó besos y caricias. Se estremeció, y tragó saliva. Si pudiera controlarse, no se estuviera arrepintiendo ahora mismo. Se llevó las manos al rostro—. No puede ser…Observó los papeles inservibles en el suelo. Ya recordaba por qué estaba tan molesta. René estaba decidido a no dejarla en p
CAPITULO 92Si antes René estaba molesto por cómo Cristina actuó en todo éste tiempo, lo que sentía ya traspasaba cualquiera de sus fronteras.Un papel que indicaba el divorcio era lo que derramaba aquel vaso hace mucho rato lleno.Su beso fue salvaje, mitad desesperado mitad molesto por lo que ella se atrevió a hacer sólo para trastornarlo. El sabor de sus labios era una dosis de veneno para René, quien no se detuvo en succionarla y recordar lo bien que se sentía tenerla bajo sus brazos. Cristina respondió a sus besos sin quejas, arrugando la camisa con sus manos y encerrada, mientras René abría su boca para morderla y dejar que su lengua entrara.René rompió el beso al quedarse sin aire. Los labios de Cristina lo volvían a incitar a continuar, y antes que ella se quejara René rompió la camisa de Cristina, a quien robó un chillido de sorpresa. Le impidió ver el desastre que armó agarrándole la mejilla—. ¿Qué pretendes hacer conmigo? ¡¿Qué, Cristina?!Cristina lo miró con la misma rab
CAPITULO 91 Ruby pidió que se quedara. René dejó la propina al bar tender y ordenó que llevaran a esa mujer a uno de los cuartos, y que cuidaran de su seguridad. Sólo así se marchó de la reunión más desconfiado que nunca.Había pensado lo peor. Porque si…Claro.Río pudo haber esparcido el rumor a propósito. ¿Qué tanto sabía Rio sobre su vida?¿Y cómo carajos lo sabía tan bien?Mientras manejaba de vuelta a su casa, trataba de comprender por qué razón Rio lo odiaría tanto como para actuar en su contra. Sabía que su interés por Cristina se debía a su gran gusto por hacerlo enojar. Pero, tampoco comprendía las razones. Incluso cuando no se llevaba bien con él. Incluso así resultaba todavía difícil de creer.Además, no tenía pruebas en su contra como para señalarlo. Sólo el desespero de Ruby por compararlo.No estaba del todo convencido de que Ruby dijo la verdad.Isaac dormía, y entró a su cuarto para colocarse a su lado. No se marcharía esta noche. Imaginaba a sus gemelos allí tambi
CAPÍTULO 90—Ese hombre es…—Sí. Ese hombre era el hermano de René García, y un completo idiota al igual que él —todavía con ese ardor dentro suyo Cristina apenas y si podía tolerar otro segundo sin ir tras Rio y hundirlo para siempre. Tomó asiento, en otra parte del restaurante con Hortensio detrás de ella. Lanzó el bolso y roja por la frustración, mencionó—. No estoy para juegos. Yo necesito el divorcio.Hortensio se quitó el sombrero. Su expresión se resumía en preocupación.—Comprendo. Lo comprendo por completo, Cristina. Ya envíe la solicitud del divorcio. Eso tendría que llegarle al abogado de René García y él quizá lo convenza de que lo firme lo antes posible —Hortensio buscó entre los papeles de su portafolio—. Esto es lo que debes hacer para abrir el caso de la herencia a favor tuya. Si Salvador muere, Laura lo hará antes que tú.Cristina leyó el nombre de su abuelo y a quien estaba la herencia en esos momentos un grande.LAURA DE RICO.Ese enojo no fue normal para ella. Dejó
Último capítulo