Cinco

Eduardo

El salón principal del Hotel Imperial brillaba como una joya recién pulida. Los flashes de las cámaras, los periodistas y los influencers competían por captar cada detalle del lanzamiento de la nueva marca de ropa dirigida al público joven del Grupo Braga. Eduardo mantenía su sonrisa ensayada, saludaba a los inversionistas, posaba para fotos ocasionales y pronunciaba su discurso con la firmeza de quien sabía controlar cualquier entorno.

Aun así, sentía el peso de la pequeña caja de terciopelo en el bolsillo interno del saco. El collar de zafiros, devuelto por Vivian, ardía contra su pecho como un recordatorio incómodo.

El evento, sin embargo, fue un triunfo. La prensa aplaudía la audacia de la nueva colección, los accionistas sonreían satisfechos, e incluso los ministros presentes elogiaban la propuesta de la marca. Eduardo hizo lo que siempre había sabido hacer: proyectar poder, incluso con la tormenta formándose en su interior.

Cuando bajó del escenario tras el discurso, Lucas se acercó discretamente. A diferencia de los demás, no llevaba en el rostro solo la euforia del momento.

—Eduardo, necesitamos hablar —dijo en voz baja, sujetándolo por el brazo y apartándolo de la multitud—. ¿Dónde está Vivian?

Eduardo desvió la mirada, irritado por la pregunta.

—Tuvo un imprevisto.

Lucas suspiró, incrédulo. Llevaba tiempo intentando hacerle ver la realidad.

—Sabes que odia verte con Elisa… y la prensa no habla de otra cosa. ¿No pensaste en cómo puede sentirse con los rumores?

Eduardo entrecerró los ojos.

—Los rumores no me preocupan.

—Deberían. —El tono de Lucas se volvió más grave—. Vivian no es como las otras mujeres que has conocido. Ella te ama de verdad, Eduardo. Si sigues tensando esa cuerda, se va a romper. Y cuando eso pase, no vas a poder volver a atarla.

—Ocúpate de tu vida, que de mi mujer me encargo yo. —Eduardo soltó una risa cargada de desdén. Desde la universidad había notado que Lucas sentía algo por Vivian. Normalmente no le molestaba. Pero esa noche, la provocación le dolió como sal en una herida.

El murmullo de las voces se abrió paso para dar entrada al viejo patriarca del Grupo Braga. Gilbert Braga, abuelo de Eduardo y presidente del consejo, avanzaba apoyado en su bastón, con la mirada afilada a pesar de la edad.

—Buen discurso, muchacho —dijo con ironía cortante—. Pero hay un detalle que me ha disgustado profundamente.

Eduardo sostuvo su mirada, anticipando el ataque.

—¿A qué detalle se refiere, abuelo?

—Esa actriz vulgar. —Gilbert escupió las palabras como si fueran veneno—. ¿Cómo te atreviste a traerla a un evento de la familia? Esto es un lanzamiento del Grupo Braga, no el estreno de un cine barato.

Algunos accionistas cercanos fingieron no escuchar, pero la tensión era evidente.

—Su presencia es marketing. Usted no sabe cómo la imagen de una celebridad como ella puede impulsar las ventas entre el público joven —respondió Eduardo, intentando mantener el control.

—No admito a ese tipo de gente mezclada con nuestra imagen. —Gilbert se inclinó ligeramente sobre el bastón—. ¿Dónde está tu esposa? Nunca he visto a esa secretaria faltar a un evento.

Eduardo sintió el golpe en el estómago. Forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Vivian tuvo un contratiempo.

—Pues encárgate de resolverlo, muchacho —replicó su abuelo, alejándose y dejando en el aire una crítica que dolía más que cualquier golpe.

Cuando finalmente se sentó en la mesa principal para la cena, sus amigos ya lo esperaban. Gustavo alzó la copa en un brindis animado, pero pronto lanzó la pregunta que todos tenían en mente:

—¿Y Vivian? ¿Qué fue lo que pasó?

Lucas bajó la mirada, visiblemente incómodo. Christopher parecía expectante, esperando una respuesta. Eduardo se tragó la contestación, intentando mantener su máscara de control.

—Tuvo un imprevisto.

Instintivamente, sacó el celular. Mensajes sin leer parpadeaban en la pantalla. Muchos… pero ninguno de la persona de la que realmente quería saber.

Entonces, un camarero se acercó con educación, inclinándose levemente:

—Señor Braga, ¿podemos servir el pastel?

La pregunta, tan simple, cayó como una cuchilla.

El pastel.

El cumpleaños de Vivian.

Eduardo respiró hondo, apoyó los codos sobre la mesa y, por un instante, no respondió. El silencio incómodo se prolongó hasta que se levantó de golpe, arrastrando la silla con un sonido seco.

—Cancelado.

La palabra salió corta, fría.

Abandonó la mesa sin mirar atrás, ignorando los flashes, a sus amigos y los murmullos que surgieron de inmediato. Con cada paso, la farsa de la noche parecía desmoronarse.

No sabía exactamente por qué necesitaba encontrar a Vivian con tanta urgencia. Tal vez era rabia por haber arruinado sus planes… o quizá algo más profundo, una mezcla de frustración y una inesperada sensación de pérdida.

La mujer que nunca le había negado nada…

ahora lo estaba dejando atrás.

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