Mundo ficciónIniciar sesiónEduardo
El camerino masculino estaba lleno de risas y copas chocando. El olor a whisky caro y a puros impregnaba el ambiente, mezclado con el murmullo de voces conocidas. Eduardo ocupaba el sillón más cercano al espejo, con el vaso en la mano, manteniendo aquella sonrisa calculada de anfitrión.
Todo transcurría según lo planeado… hasta que la puerta se abrió y Elisa entró.
—Pero si no es el Club de los Veteranos…
Apareció como si el aire hubiera cambiado de densidad. El vestido rojo ceñido a su cuerpo brillaba bajo las luces, y cada paso tenía el ritmo exacto para ser notado. Perfume dulce, mirada directa.
Christopher fue el primero en levantarse, exagerando el saludo. Gustavo lo siguió, llenándola de elogios. Algunos invitados que ni siquiera eran del grupo original se acercaron, hipnotizados. Solo Lucas permaneció inmóvil, con un leve gesto de saludo.
Eduardo observó todo. Elisa siempre había sido así: expansiva, magnética, como si la vida fuera un escenario esperando por ella. Vivian, en cambio, era silencio, delicadeza, compostura. No entraría en un lugar como si le perteneciera. Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, a veces echaba de menos ese fuego.
Cuando Elisa tocó el brazo de Christopher y soltó una carcajada, Eduardo apretó el vaso en la mano. No eran celos. Era una cuestión de territorio.
Sacó el celular del bolsillo y escribió:
“Ponte el collar y ven aquí. Ahora.”
Mensaje enviado.
Guardó el teléfono, ya imaginando la escena: Vivian entrando, usando el regalo que él había elegido, todos mirando, y Elisa dándose cuenta de lo que había perdido.
El tiempo pasó. Disimulaba, participando en las conversaciones, pero miraba la pantalla cada minuto.
Nada. Ni siquiera lo había visto.
Cuando Elisa terminó su recorrido de encanto, finalmente se acercó. Se apoyó en el respaldo del sillón de él, inclinándose lo suficiente para envolverlo con su perfume.
—¿Y tu esposa? —preguntó, con una media sonrisa cargada de intención—. Pensé que no se perdería la oportunidad de reencontrarse con los viejos amigos.
Eduardo sostuvo su mirada.
—Se está arreglando.
Por dentro, algo ardía. Tomó el celular otra vez y escribió una nueva orden:
“Vivian, estoy esperando. Ven. Ahora.”
Mensaje enviado.
Silencio. Ninguna respuesta.
Fue entonces cuando Gustavo, ya un poco afectado por el alcohol, se recostó en la silla y dijo en voz alta:
—Qué extraño que Vivian no aparezca… ella siempre ha estado en todo.
Christopher alzó las cejas, malicioso:
—Tal vez se cansó de ser la sombra, ¿no? Siempre detrás, organizando, sonriendo… pero nunca en el centro de la escena.
Lucas, el más reservado, intentó cambiar de tema, pero la provocación ya flotaba en el aire. Elisa, con un brillo de triunfo en los ojos, aprovechó para añadir:
—Sí… algunas mujeres saben cuándo es su momento de brillar. Otras prefieren… desaparecer.
Su risa resonó como una puñalada. Eduardo mantuvo el rostro impenetrable, pero el celular pesaba en su mano como plomo.
—Vivian no desaparece. —Su voz salió firme, más cortante de lo que pretendía—. Ella sabe cuál es su lugar.
El silencio que siguió fue incómodo. Christopher carraspeó, fingiendo interés en el whisky. Gustavo revisó su teléfono. Lucas solo observaba a Eduardo, como si fuera el único en notar la tensión que se acumulaba bajo aquella fachada de acero.
Eduardo respiró hondo, forzando la sonrisa de nuevo en su rostro. Levantó el vaso en un brindis improvisado, intentando recuperar el ambiente de camaradería. Pero por dentro, la furia crecía.
Vivian no estaba allí. No contestaba, no respondía. Y cada minuto que pasaba sin que apareciera en la puerta hacía su ausencia más estruendosa… casi una afrenta pública.







