Cuatro

Eduardo

El reloj marcaba pocos minutos para el inicio del evento, y el ambiente entre bastidores era una mezcla de tensión y expectativa. El murmullo de voces, el estallido de flashes que los fotógrafos probaban, el olor a maquillaje, laca y whisky añejo se mezclaban en un aire denso. Eduardo ocupaba el centro de aquel engranaje invisible: todos se movían a su alrededor, pero nadie se atrevía a tocarlo sin permiso.

El secretario general de la presidencia entró apresuradamente en el camerino, vestido con un traje impecable y con expresión seria.

—Señor Braga, es hora. El evento comienza en quince minutos.

Eduardo se levantó del sillón, ajustándose el saco con un gesto automático. Cada fibra de la tela parecía más pesada de lo habitual, como si anticipara la noche que estaba a punto de desarrollarse.

—Ya voy. —Siguió al asistente hacia la salida, pero algo lo hizo detenerse—. ¿Dónde está mi esposa?

Marcos dudó por un instante, y ese breve silencio pareció prolongarse más de lo debido. Luego, con un movimiento discreto, sacó del bolsillo una pequeña caja de terciopelo azul y se la entregó a Eduardo.

—Uno de los empleados del hotel comentó que la señora Braga salió apresuradamente hace unos minutos, señor. Dejó esto en el camerino.

Eduardo sostuvo la caja, sintiendo el peso de la noticia como un golpe en el estómago. La tapa se abrió lentamente, revelando la gargantilla de zafiros que brillaba bajo la luz del techo. Un contraste cruel con el vacío creciente en su interior.

Su primer impulso fue negar. Tal vez había habido un error. Tal vez ella solo estaba retrasada, atrapada en el tráfico, o había bajado a atender una llamada. Pero, en el fondo, lo sabía. Vivian jamás dejaría atrás una joya que él mismo había elegido.

Apretó la mandíbula, intentando contener la rabia que latía como un tambor. Sacó el celular del bolsillo y marcó su número. La llamada fue directo al buzón de voz. Intentó de nuevo. La misma respuesta. El teléfono estaba apagado.

—Vivian… —murmuró, con la voz tensa, cargada de ira.

Marcos aguardaba en silencio, consciente de que el momento exigía cautela.

—Es hora, señor.

Eduardo respiró hondo, cerró los dedos alrededor de la caja de joyas y se volvió hacia Marcos con una mirada firme y decidida:

—Marcos, quiero que encuentres a mi esposa. Quiero saber adónde fue Vivian.

El asistente asintió sin vacilar, sacando ya el celular para hacer llamadas. Su expresión seria reflejaba la urgencia de la orden.

Fue entonces cuando una voz suave, casi ensayada, interrumpió sus pensamientos.

—Eduardo.

Él alzó la mirada y vio a Elisa acercarse. El vestido rojo parecía aún más llamativo bajo la iluminación de los pasillos, y la sonrisa calculada en sus labios brillaba como una hoja afilada. Caminaba despacio, consciente del efecto que provocaba.

—¿Todo bien? Pareces preocupado. —Elisa tomó su brazo con familiaridad, como si aquel lugar le perteneciera. Hubo un tiempo en que ese contacto habría acelerado el corazón de Eduardo. Ahora, solo le provocaba irritación. El gesto solo acentuaba la ausencia de Vivian.

Por un instante, imaginó cómo reaccionaría su esposa si lo viera allí, con Elisa aferrada a su brazo. La única característica más intensa de Vivian siempre había sido sus celos.

—No es nada. ¿Vamos? —respondió, con una leve sonrisa ensayada.

Elisa aceptó su brazo, triunfante, y juntos cruzaron el pasillo hacia el escenario principal. Los flashes estallaron en el mismo instante en que aparecieron ante la prensa. Eduardo mantuvo su sonrisa de siempre, la que usaba en ese tipo de eventos. Parecía impecable, intocable, el líder perfecto. Elisa, radiante, disfrutaba cada segundo de la atención.

Pero en cuanto dejaron atrás las cámaras y entraron en una zona más reservada, él retiró el brazo con firmeza. No hubo brusquedad evidente, solo la frialdad que Elisa conocía demasiado bien.

Eduardo volvió a sacar el celular. Ningún mensaje de Vivian. Ninguna llamada perdida. Nada.

La frustración y la rabia burbujeaban, mezcladas con una sensación incómoda de vacío. Siempre había creído que lo controlaba todo. Negocios, contratos, personas. Incluso a Vivian. Pero, por primera vez, su ausencia dejaba claro que tal vez había perdido mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Guardó el teléfono en el bolsillo y cerró los ojos por un breve instante.

“Veamos cómo reacciona ante esto.”

Era un pensamiento oscuro, más vengativo que racional.

Pero Eduardo Braga nunca había sabido lidiar bien con la idea de perder.

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