El sol danzaba sobre los jardines de la mansión Braga, transformando cada pétalo y cada hoja en parte de un escenario de cuento de hadas. Pero, a diferencia de la primera boda —opulenta, llena de ostentación y vacía de significado—, esta ceremonia respiraba amor en cada detalle.
Vivian estaba radiante con un vestido sencillo de encaje, sin diamantes ni perlas, solo flores del jardín entretejidas en su cabello. El mismo vestido que su abuela había usado en su boda, meticulosamente restaurado. No