Tres

Vivian

La puerta de la mansión Braga se cerró detrás de Vivian con un sonido seco que resonó en el vestíbulo vacío.

El silencio de ese lugar no era diferente del silencio que había conocido desde el primer día como esposa de Eduardo.

Los candelabros brillaban, los arreglos impecables sobre los aparadores desprendían un perfume caro y frío… pero nada allí parecía pertenecerle.

No había fotos en las paredes. No había recuerdos.

Un recuerdo se impuso entonces, tan nítido que parecía desarrollarse de nuevo ante sus ojos.

Poco después de mudarse a la mansión Braga.

La casa era majestuosa, pero fría. Cada habitación parecía más un escenario de revista que un hogar. Vivian, llena de entusiasmo, decidió que podía cambiarlo.

Pasó horas eligiendo flores frescas, cojines de colores, pequeños detalles que aportaran calidez al salón principal. Quería crear un espacio donde ambos pudieran sentirse en casa, donde él pudiera relajarse sin la presión del mundo de los negocios.

Cuando Eduardo llegó esa noche, cansado del trabajo, la encontró colocando un jarrón con girasoles sobre la chimenea. Ella se volvió hacia él, ansiosa por su reacción.

—¿Qué te parece? —preguntó, con una sonrisa que brillaba como una esperanza.

Él miró alrededor, y el silencio se prolongó más de lo debido. Finalmente, su voz cortó el aire:

—Quita eso de aquí.

La sonrisa de Vivian vaciló.

—Pero… pensé que el salón podría ser más acogedor, menos… frío.

Él se acercó, ajustándose la corbata con irritación.

—Vivian, esta casa fue decorada por un especialista. No es un escaparate de feria. Todo aquí tiene un orden, un propósito. No necesitamos estos adornos ni cojines para que parezca una casa de muñecas.

Ella intentó argumentar, pero la mirada de él ya había dado por terminada la conversación.

A la mañana siguiente, cada objeto que había colocado había desaparecido, retirado por los empleados.

Vivian entendió el mensaje.

No había espacio para su gusto. Para su toque.

Era una mansión, sí. Pero jamás sería un hogar.

—¿Quieres que suba contigo? —la voz de Alice la devolvió al presente, rompiendo el eco, pero no la tensión.

Vivian asintió y comenzó a subir las escaleras con pasos lentos, como si cada peldaño fuera una despedida.

En la habitación, el vestido azul zafiro aún reflejaba la luz suave de la lámpara, pero ya no tenía nada de hermoso. Vivian lo dejó sobre el sillón y abrió el armario.

Tres años.

Y todo lo que cabía en su vida con él eran dos maletas pequeñas.

—Siempre lo supe —dijo Vivian, con la voz casi devorada por el silencio, mientras doblaba con cuidado un vestido de verano que nunca llegó a usar. La tela suave se deslizaba entre sus dedos como algo precioso… e inútil—. Que él no me amaba.

Alice, apoyada en el marco de la puerta, dudó antes de hablar, como si temiera romper la frágil muralla que mantenía a su amiga en pie.

—¿Y por qué aceptaste eso? Nunca lo entendí.

Vivian acomodó el vestido dentro de la maleta, justo al lado del álbum de fotos que había pasado noches armando y que Eduardo nunca hojeó.

—Porque yo… siempre lo amé —respondió, con una breve risa sin alegría—. Y fui lo bastante ingenua como para creer que algún día él podría sentir algo por mí también.

Cerró los ojos por un instante, respirando hondo, como si intentara deshacer el nudo que crecía en su garganta.

—Pero nunca imaginé… que yo era solo un capricho. Una venganza mezquina contra su abuelo —su voz vaciló, pero continuó—. O peor… contra una ex.

Alice se acercó y apoyó una mano en su hombro, transmitiéndole fuerza.

—Mereces algo mejor. Mucho mejor.

Vivian miró la maleta casi cerrada, sintiendo el peso de los recuerdos guardados allí. Todo lo que había construido en ese matrimonio se había convertido en una carga demasiado ligera… y aun así, difícil de dejar atrás.

—Esta casa nunca fue un hogar —murmuró, casi para sí misma—. Solo era un escenario donde interpretaba un amor que nunca existió.

Miró por última vez el vestido azul zafiro, ahora arrugado, extendido sobre la cama como una promesa rota.

A su lado, descansaba una carpeta con los documentos que formalizaban el final de una vida que nunca había sido suya.

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