Los siguientes veinte minutos fueron una coreografía de tensión absoluta, un ballet ejecutado bajo la amenaza de un detonador invisible. En la sala médica, Clara, con las manos ya enfundadas en guantes estériles, supervisaba cada movimiento con la intensidad de un director de orquesta en el estreno definitivo. Mientras, en los confines del búnker, se desarrollaba la operación logística. El escáner portátil de la bodega siete no era un simple equipo; era una pieza de tecnología crítica, guardada