El silencio que siguió a la proclamación del Discípulo era más elocuente que cualquier estruendo. El peso de su "elección" se posó sobre los hombros de Clara y Félix como una losa de plomo. No se trataba de sus vidas, sino del destino de miles de millones. Era una trampa dialéctica perfecta: cualquier camino que eligieran, parecería validar su filosofía.
Félix rompió el silencio, su voz no era un rugido, sino el filo frío de una espada desenvainada.
—"Crees que has pensado en todo, ¿verdad? Que