Las horas posteriores a la exitosa pero inquietante operación del Halcón se arrastraron con una pesadez que superaba la mera fatiga física. Era una opresión ambiental, una carga que impregnaba el aire reciclado del búnker. La rutina habitual—el zumbido de los generadores, el susurro de los ventiladores, los pasos amortiguados por los pasillos de hormigón—había sido sustituida por un silencio anómalo y vigilante. Cada persona, desde el técnico más junior hasta el guardia más experimentado, parec