El sonido del pestillo al cerrarse fue un punto final. Un ruido seco y definitivo que cortaba el cordón umbilical que los unía al mundo del caos, la estrategia y la muerte. Félix apoyó la espalda contra la madera sólida de la puerta, permitiéndose por primera vez en meses—¿años? —sentir el peso completo de su agotamiento. No era solo físico; era un cansancio del alma. Pero cuando su mirada, por fin libre de la necesidad constante de escudriñar las sombras en busca de amenazas, encontró la de Cl