El sonido del pestillo al cerrarse fue un punto final. Un ruido seco y definitivo que cortaba el cordón umbilical que los unía al mundo del caos, la estrategia y la muerte. Félix apoyó la espalda contra la madera sólida de la puerta, permitiéndose por primera vez en meses—¿años? —sentir el peso completo de su agotamiento. No era solo físico; era un cansancio del alma. Pero cuando su mirada, por fin libre de la necesidad constante de escudriñar las sombras en busca de amenazas, encontró la de Clara, algo se recompuso en su interior.
Ella estaba de pie bajo la luz tenue de la lámpara, aún con las botas polvorientas y el pantalón táctico. Parecía una esfinge en la penumbra, su silueta esculpida por las pruebas que habían enfrentado juntos. La tensión, esa compañera constante que tensaba sus hombros y afilaba su mirada, aún estaba allí, pero ahora era la cuerda de un arco después de disparar la flecha decisiva. Había cumplido su función. Y en la relajación postrera, Félix no vio fragilida