El helicóptero los depositó en un claro boscoso, un lugar tan remoto que el único sonido era el crujido de la escarcha bajo sus botas y el lejano grito de un águila. El aire era delgado y cortante, llenando los pulmones con una pureza que sentía falsa, como si la montaña misma los estuviera evaluando.
Rojas tomó la delantera, su figura maciza moviéndose con una sorprendente ligereza entre los pinos. Cada pocos metros, se detenía, escaneando el terreno no solo con los ojos, sino con un dispositivo portátil que buscaba sensores de movimiento, cámaras camufladas, cualquier señal de la mano del Discípulo. Hasta ahora, solo encontraba naturaleza virgen.
Clara caminaba en el centro, su mochila médica ligera pero crucial. No llevaba armas, salvo un pequeño dispositivo de dardos sedantes que Félix le había insistido en llevar. Su arma era su mente, cargada con los patrones de pensamiento de su enemigo.
Félix cerraba la marcha, su presencia era un muro de calma tensa. Sus sentidos, afinados po