El helicóptero los depositó en un claro boscoso, un lugar tan remoto que el único sonido era el crujido de la escarcha bajo sus botas y el lejano grito de un águila. El aire era delgado y cortante, llenando los pulmones con una pureza que sentía falsa, como si la montaña misma los estuviera evaluando.
Rojas tomó la delantera, su figura maciza moviéndose con una sorprendente ligereza entre los pinos. Cada pocos metros, se detenía, escaneando el terreno no solo con los ojos, sino con un dispositi