El zumbido en los oídos persistía, un fantasma del pulso neural abortado. Clara se arrodilló junto al cuerpo inconsciente del Discípulo, sus dedos buscando automáticamente el pulso en su cuello. Era estable, pero acelerado. El sedante hacía su trabajo, sumergiendo al profeta del caos en un sueño forzado, lejos del colapso de su reino.
—Las autoridades están a un minuto —la voz de Gael en el comunicador era urgente—. Ejército, inteligencia… es un circo. Tienen que salir ya.
Félix miró hacia la entrada del túnel, donde las luces cegadoras de los drones barrían la oscuridad. Luego, su mirada volvió al Discípulo.
—No podemos dejarlo con ellos —dijo, su voz ronca por el esfuerzo y los vapores—. Lo convertirán en un mito, en un trofeo. O lo usarán. Su conocimiento es demasiado peligroso.
—¿Y qué propones? —preguntó Rojas, acercándose por la pasarela intacta, su arma aún en alto—. ¿Llevárnoslo? Con todo ese ejército fuera, es imposible.
Clara se puso de pie, su mente trabajando a la velocida