El Sanctum se convirtió en una jaula de cristal y acero sumida en el caos. Las alarmas ululaban, una sinfonía de pánico que contrastaba brutalmente con el orden absoluto de minutos antes. Por los conductos de ventilación comenzó a filtrarse un vapor acre y verdoso, el resultado de la reacción química que Félix había desencadenado. No era letal, pero era el humo tangible de un sistema perfecto corrompiéndose desde dentro.
El Discípulo ya no era el sereno arquitecto del caos. Era un animal acorra