El Sanctum se convirtió en una jaula de cristal y acero sumida en el caos. Las alarmas ululaban, una sinfonía de pánico que contrastaba brutalmente con el orden absoluto de minutos antes. Por los conductos de ventilación comenzó a filtrarse un vapor acre y verdoso, el resultado de la reacción química que Félix había desencadenado. No era letal, pero era el humo tangible de un sistema perfecto corrompiéndose desde dentro.
El Discípulo ya no era el sereno arquitecto del caos. Era un animal acorralado en el centro de su propio laberinto. Sus ojos, antes llenos de una fría certeza, ahora recorrían la plataforma con una mezcla de incredulidad y rabia pura.
—¡Esto no invalida la teoría! —gritó, su voz quebrada por la furia—. ¡Solo demuestra que los sistemas imperfectos pueden generar interferencia! ¡El caos final prevalecerá!
—Hablas del caos como si fuera un dios —dijo Clara, avanzando lentamente hacia él, esquivando los fragmentos de cristal de las pasarelas destruidas—. Pero solo es una