La llamada con Amanda me había dejado hecha trizas, pero lo peor era la certeza silenciosa de que Félix ya lo sabría todo. Cada minuto que pasaba después de colgar era una cuenta regresiva hacia un enfrentamiento que sabía inevitable. Me movía por la mansión como un fantasma, sintiendo el peso de las miradas invisibles de las cámaras, de los guardias que informaban cada uno de mis movimientos. Rojas se mantuvo a una distancia profesional, pero su silencio era más elocuente que cualquier reproch