La mansión era una tumba de lujo. Desde la ejecución de Alessandro, el silencio entre Félix y yo se había vuelto físico, una pared de cristal grueso que podíamos ver a través de pero que nadie se atrevía a cruzar. Dormíamos en la misma cama, espalda contra espalda, dos islas de calor en un mar de frialdad. La lección había sido aprendida, pero a un costo que tal vez ni él había calculado: había matado a la sumisa al intentar domar a la rebelde. Ya no sentía miedo al castigo; sentía el vacío hel