La mano de Félix era firme y caliente alrededor de la mía, un ancla en la oscuridad que nos envolvía. No era un gesto romántico; era una unión táctica, una forma de asegurarse de que no me perdería ni me quedaría atrás en el bosque traicionero. Avanzábamos en un silencio casi absoluto, solo roto por el crujir de la hojarasca bajo nuestros pies y el lejano, ya casi imperceptible, clamor del complejo de John.
Después de diez minutos de caminata rápida, Félix se detuvo junto a un arroyo seco y se