La noche nos tragó. El aire frío golpeó mis pulmones como un bofetón, limpiando el olor a pólvora, sudor y miedo que impregnaba el almacén. Detrás de nosotros, el caos seguía creciendo, un crescendo de gritos, disparos y cristales rotos.
Félix no me dio tiempo para recuperar el aliento. Su mano cerró con fuerza sobre la mía, arrastrándome lejos del edificio, hacia la oscuridad protectora de los árboles que bordeaban el complejo.
—¡Rojas! —grité, forcejeando contra su agarre—. ¡Amanda!
—¡Vienen!