El humo amarillento se enroscaba hacia el cielo prematuramente gris del amanecer, una serpiente venenosa que ascendía desde las entrañas de la tierra. Las débiles alarmas del centro de distribución habían enmudecido hacía rato. Ahora solo reinaba un silencio pesado, mortal. Desde la colina, el edificio parecía una bestia agonizante que exhalaba su último aliento tóxico.
Nadie habló. El rugido de los motores al arrancar sonó como una profanación en aquel silencio sagrado de muerte. Félix puso el