Treinta minutos. El tiempo se había evaporado como niebla bajo el sol. En el vestíbulo principal de la mansión, un silencio tenso y electrizante había reemplazado a la violación de horas anteriores. Seis hombres, elegidos personalmente por Rojas de entre los menos heridos y más fríos de la organización, formaban un semicírculo compacto. Vestían ropas oscuras, utilitarias, sin una marca o insignia que los identificara. Sus rostros eran máscaras de profesionalismo impasible, pero en sus ojos se l