La luz roja de emergencia bañaba todo como si el corredor mismo estuviera sangrando. El eco de la voz de John aún resonaba en los hierros oxidados y en mis huesos. Bienvenida a la jaula. Rojas me mantenía inmovilizada contra la pared fría, su cuerpo un muro entre yo y la puerta de la celda, pero ya era demasiado tarde. Nos habían visto. Me había visto.
Los pasos se acercaban, rápidos, pesados, multiplicándose desde ambos extremos del pasillo. No había salida. El aire, ya viciado y fétido, se vo