La suite del Grand Hotel olía a café recién hecho y ambición. Alba Torres, envuelta en una bata de seda color champán, contemplaba la ciudad que se despertaba bajo su ventana. El rechazo de Félix había sido inesperado, pero no desagradable. Al contrario, le demostraba que la doctora Montalbán no era la mujer débil y traumatizada que algunos informes describían. Había espíritu de lucha allí, y a Alba le encantaban los desafíos.
Su teléfono, un dispositivo discreto de frecuencia encriptada, vibró