El silencio en la sala de recuperación era más pesado que la oscuridad que lo había precedido. Las palabras de Kael —“…para ir a por los bebés”— flotaban en el aire, un veneno letal que paralizaba el alma. Clara sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Una oleada de frío glacial, miles de veces más aterradora que cualquier amenaza directa a su vida, le recorrió el cuerpo. Lucas. Emma. Sus nombres fueron un latido desgarrador en su mente.
El instinto, primitivo y ciego, le gritó que correr. S