El chirrido metálico final en la puerta del escondite resonó como un disparo en la sala de recuperación. Clara contuvo la respiración, su corazón latiendo con tal fuerza que sentía que iba a estallarle el pecho. Sus uñas se clavaron en la palma de sus manos, dejando pequeñas medias lunas rojas. Junto a ella, Félix había logrado abrir los ojos por completo, su mirada nublada por la droga, pero ferozmente consciente, clavada en la pantalla térmica. Rojas se había quedado inmóvil, convertido en un