El caos exterior era una sinfonía de violencia desorganizada. Cada explosión, cada ráfaga de ametralladora, cada grito ahogado, llegaba amortiguado a la sala de recuperación, pero su mensaje era claro: la batalla había comenzado. Y no era la batalla limpia y eficiente de Félix Santoro.
Dentro, en la oscuridad rota solo por el tenue resplandor de los monitores portátiles, el tiempo se distorsionaba. Cada segundo era una eternidad. Clara permanecía junto a Félix, su mano sobre la suya, sintiendo