El parpadeo espasmódico de las luces de la clínica se detuvo tan bruscamente como había comenzado, sumiendo la sala de recuperación en una penumbra rojiza alimentada por la energía de emergencia. Un zumbido agudo, la alarma silenciosa, atravesó el aire como un cuchillo. En la consola, una luz roja titilaba bajo el dedo de Gael.
“Lo tengo,” anunció, su voz un hilo de tensión controlada. “Ha superado el último cortafuegos. El protocolo ‘Medusa’ está comprometido. Nos tienen.”
Las palabras flotaro